Ayer me ví inmersa en una interesante discusión. El derecho a decidir morir de una persona con enfermedad mental versus enfermedad física.
Recientemente una conocida de la familia ha fallecido por voluntad propia arrojándose desde una azotea. Esta persona tenía una depresión mayor desde hace años. Lo habían intentado todo medicamentos, ingresos, psicoterapia, pero su idea estaba clara, no era feliz y quería morir. Lo intentó varias veces, cada vez con métodos más letales hasta que lo consiguió.
Sus conocidos y familiares se sienten mal por no haberlo impedido y aun escucho "ahora me ha dejado con este sentimiento de culpabilidad para toda la vida". No creo que esta persona, cuando se suicidió pensara en que los demás tuvieran la culpa, ni lo hizo para que se sintieran así. Quería liberarse del sufrimiento que su enfermedad le ocasionaba y es lo que hizo.
Salío a relucir la historia de Ramón Sampedro quien a la edad de 25 años sufrió un accidente, al tirarse de cabeza al agua desde una roca un día de resaca marítima, que le dejó tetrapléjico y postrado en una cama para el resto de su vida. Fue el primer ciudadano en pedir en España el suicidio asistido. Argumentaba el derecho de cada persona a disponer de su propia vida, estando sin embargo incapacitado para cometer suicidio. Su petición le fue denegada porque el Código Penal entonces vigente, del Texto Refundido de 1973, no lo permitía, al igual que ocurre hoy en día con el correlativo precepto (143.4) del vigente Código Penal de 1995, aunque todos conocemos el final de la historia.
En estas dos historias, la elección a morir es por enfermedades bien distintas. Preguntémonos interiormente ¿Justificamos alguna de ellas más que la otra, ninguna o ambas por igual?
Una buena pregunta para hoy, día Mundial de la Salud Mental. Según la OMS la depresión afecta a más de 350 millones de personas de todas las edades y en todas las comunidades, y contribuye de modo significativo a la carga mundial de morbilidad. Se dispone de tratamientos eficaces contra la depresión, pero el acceso a ellos es problemático en la mayoría de los países, y en algunos solo lo reciben menos del 10% de las personas que lo precisan. El suicidio figura entre las 20 causas de defunción más importantes a todas las edades a nivel mundial. Cada año se suicida casi un millón de personas.
Recientemente una conocida de la familia ha fallecido por voluntad propia arrojándose desde una azotea. Esta persona tenía una depresión mayor desde hace años. Lo habían intentado todo medicamentos, ingresos, psicoterapia, pero su idea estaba clara, no era feliz y quería morir. Lo intentó varias veces, cada vez con métodos más letales hasta que lo consiguió.
Sus conocidos y familiares se sienten mal por no haberlo impedido y aun escucho "ahora me ha dejado con este sentimiento de culpabilidad para toda la vida". No creo que esta persona, cuando se suicidió pensara en que los demás tuvieran la culpa, ni lo hizo para que se sintieran así. Quería liberarse del sufrimiento que su enfermedad le ocasionaba y es lo que hizo.
Salío a relucir la historia de Ramón Sampedro quien a la edad de 25 años sufrió un accidente, al tirarse de cabeza al agua desde una roca un día de resaca marítima, que le dejó tetrapléjico y postrado en una cama para el resto de su vida. Fue el primer ciudadano en pedir en España el suicidio asistido. Argumentaba el derecho de cada persona a disponer de su propia vida, estando sin embargo incapacitado para cometer suicidio. Su petición le fue denegada porque el Código Penal entonces vigente, del Texto Refundido de 1973, no lo permitía, al igual que ocurre hoy en día con el correlativo precepto (143.4) del vigente Código Penal de 1995, aunque todos conocemos el final de la historia.
En estas dos historias, la elección a morir es por enfermedades bien distintas. Preguntémonos interiormente ¿Justificamos alguna de ellas más que la otra, ninguna o ambas por igual?
Una buena pregunta para hoy, día Mundial de la Salud Mental. Según la OMS la depresión afecta a más de 350 millones de personas de todas las edades y en todas las comunidades, y contribuye de modo significativo a la carga mundial de morbilidad. Se dispone de tratamientos eficaces contra la depresión, pero el acceso a ellos es problemático en la mayoría de los países, y en algunos solo lo reciben menos del 10% de las personas que lo precisan. El suicidio figura entre las 20 causas de defunción más importantes a todas las edades a nivel mundial. Cada año se suicida casi un millón de personas.
Querida Doctora Z:
ResponderEliminarLeo su blog con atención desde hace un tiempo y me gusta lo qué escribe y sobre lo que escribe, pero quizá adolece de un pequeño defecto: casi nunca responde a las preguntas que vd. nos plantea. ¿Qué opina vd.? Mójese un poquito, que nos gustará leer su valiosa opinión.
P.D: prometo que si opina vd., opinaré yo ;)
P.D: lo que se siembra, se suele recoger, aunque a veces llega una tormenta o una plaga de langosta y se lo carga :D
ResponderEliminarSé lo que yo escogería y me gustaría que se me respetase en la decisión tomada.
ResponderEliminarEn cuanto a lo segundo, independientemente de que existan sucesos altamente improbables que pueden acabar con una cosecha (cisnes negros), no creo que en general se cumpla eso de que "lo que se siembra, se recoge", pero por si acaso...sembremos, y lo que sí te aseguro es que estaremos más agusto con nosotros mismos independientemente del resultado.