Verano en 1848. Estamos en Nueva Inglaterra.
Phineas P. Gage, de veinticinco años de edad,
trabaja para el Ferrocarril Rutland & Burlington y
está a cargo de un numeroso grupo de
hombres, una "cuadrilla", cuyo trabajo es tender
la nueva línea férrea para la expansión del
ferrocarril a través de Vermont.
Mide un metro y sesenta y cinco centímetros de
alto, es atlético y sus movimientos son veloces y
precisos. Sin embargo, a los ojos de sus jefes,
Gage es algo más que otro cuerpo fuerte y
sano. Dicen que es el hombre "más eficiente y
capaz a su servicio.
Son las cuatro y media de esta calurosa tarde.
Gage acaba de poner pólvora y mecha en un
agujero y le dice al hombre que lo ayuda que lo
cubra con arena. Alguien lo llama desde atrás y
Gage aparta la vista del barreno para mirar por
encima de su hombro derecho sólo durante un
instante. Distraído, y antes de que su ayudante
haya introducido la arena, Gage empieza a
atacar directamente la pólvora con la barra de
hierro. En un instante provoca chispas en la
roca y la carga le explota en la cara.
La explosión es tan brutal que toda la cuadrilla
queda inmóvil, paralizada. Pasan algunos
segundos antes de que se den cuenta de lo que
ha ocurrido. La denotación no es la usual, y la
roca está intacta. También es insólito el sonido
sibilante, como si se tratara de un cohete
lanzado hacia el cielo. El hierro penetra por la
mejilla izquierda de Gage, perfora la base del
cráneo, atraviesa la parte frontal del mismo y
sale a gran velocidad a través de la parte
superior de la cabeza.
La barra aterriza a más de treinta metros de
distancia cubierta de sangre y sesos. Phineas
Gage ha sido lanzado a tierra. Está aturdido, en
medio de la luminosidad de la tarde, silencioso
pero despierto.
Ha pasado una hora desde la explosión. El sol
está declinando y el calor es más soportable.
Llega un joven colega del doctor Harlow, el
doctor Edward Williams. Años más tarde, el
doctor Williams describirá la escena:
"En aquel momento, él estaba sentado en una
silla en la galería del hotel del señor Adams, en
Canvedish. Cuando llegué me dijo: "Doctor, aquí
hay trabajo para usted". Me di cuenta de la
herida en la cabeza antes de descender de mi
carruaje, al ser muy evidentes las pulsaciones
del cerebro, también había un aspecto que,
antes de examinar la cabeza, no podía explicar:
la parte superior de la cabeza parecía algo así
como un embudo invertido; ello se debía,
descubrí, a que el hueso estaba fracturado
alrededor de la abertura, en una distancia de
unos cinco centímetros en todas direcciones.
Debiera haber mencionado antes que la
abertura a través del cráneo y los tegumentos
no debía andar lejos de los cuatro centímetros
de diámetro, los bordes de esta abertura
estaban evertidos, y toda la herida daba la
impresión de que algún cuerpo extraño en forma
de cuña había pasado de abajo arriba. El señor
Gage, durante el tiempo en que estuve
examinando la herida, estuvo relatando a los
espectadores la manera en que resultó herido;
hablaba tan racionalmente y estaba tan
dispuesto a responder a las preguntas que se
las dirigí preferentemente a él y no a sus
compañeros que estaban presentes en el
instante del accidente, y que en aquel momento
se encontraban alrededor. El señor Gage me
relató entonces alguna de las circunstancias,
como desde entonces ha hecho; y puedo
afirmar cabalmente que ni en aquel momento ni
en ninguna de las ocasiones subsiguientes,
excepto una, lo consideré yo otra cosa que
perfectamente normal.
- 17 -
La supervivencia resulta todavía más
sorprendente cuando se considera la forma y el
peso de la barra de hierro. Henry Bigelow, un
profesor de cirugía de Harvard, lo describe así: "
El hierro que atravesó de esta forma el cráneo
pesa cinco kilos y medio. Tiene un metro y cinco
centímetros de longitud, y dos centímetros y
medio de diámetro.
Sobrevivir a la explosión con una herida tan
grande, ser capaz de hablar y andar y seguir
siendo coherente inmediatamente después; todo
ello es sorprendente. Pero igual de
sorprendente será el hecho de que Gage pueda
subsistir a la inevitable infección que está a
punto de extenderse en su herida.
Al final, la juventud y la robusta constitución de
Gage superarán las circunstancias
desfavorables en su contra, con la ayuda, en
palabras de Harlow, de la intervención divina: "
Yo le curé las heridas, Dios lo sanó".
En menos de doce meses se considerará que
Phineas Gage está curado. Pero este resultado
sorprendente palidece en comparación con el
extraordinario giro que la personalidad de Gage
está a punto de sufrir. El carácter de Gage, sus
gustos y antipatías, sus sueños y aspiraciones,
todos van a cambiar. El cuerpo de Gage está
vivo y bien, pero hay un nuevo espíritu que lo
anima.
Podemos entresacar lo que ocurrió exactamente
a partir del relato que el doctor Harlow preparó
veinte años después del accidente. Es un texto
fidedigno, con abundancia de hechos y un
mínimo de interpretación. Tiene sentido desde el
punto de vista humano y desde el neurológico...
La narración de Harlow describe la manera en
que Gage recuperó su fuerza y cómo su
recuperación física fue completa. Gage podía
sentir, oír y ver, y no tenía parálisis de
extremidades o lengua. Había perdido visión en
su ojo izquierdo pero la del derecho era
perfecta. Andaba de forma estable, utilizaba sus
manos con destreza y no tenía dificultades
aparente con el habla o el lenguaje. Y, sin
embargo, como relata Harlow, el "equilibrio o
balance", por así decir, entre su facultad
intelectual y sus propensiones animales" se
había destruido.
Los cambios se hicieron patentes tan pronto
como se calmó la fase aguda de la lesión
cerebral. Ahora era "irregular, irreverente,
cayendo a veces en las mayores blasfemias, lo
que anteriormente no era su costumbre, no
manifestando la menor deferencia por sus
compañeros, impaciente por las restricciones o
los consejos cuando entran en conflicto con sus
deseos, a veces obstinado de manera pertinaz,
pero caprichoso y vacilante, imaginando muchos
planes de actuación futura, que son
abandonados antes de ser preparados...”
Estos nuevos rasgos de personalidad
contrastaban muchísimo con los "hábitos
moderados" y la "considerable energía de
carácter" que se sabía que Phineas Gage había
poseído antes del accidente. Había tenido "una
mente bien equilibrada, y los que lo conocían lo
consideraban como un negociante astuto y listo,
muy enérgico y persistente a la hora de poner
en práctica todos sus planes de acción". No hay
duda de que en el contexto de su oficio y su
época tenía éxito. Tan radical fue el cambio en
él que amigos y conocidos apenas podían
reconocer al hombre. Se dieron cuenta con
tristeza de que "Gage ya no era Gage". Era un
hombre tan distinto que sus patrones tuvieron
que despedirlo poco después de que volviera a
trabajar pues "consideraron que el cambio en su
mente era tan notable que no podían darle de
nuevo su puesto". El problema no era la falta de
- 18 -
capacidad física o destreza; era su nuevo
carácter.
Los escasos documentos disponibles sugieren
que Gage desarrolló accesos (ataques)
epilépticos. El final llegó el 21 de mayo de 1861,
después de una enfermedad que duró poco más
de un día. Gage tuvo una fuerte convulsión que
le hizo perder el conocimiento. Siguió una serie
de convulsiones subsiguientes, cada una de las
cuales llegaba a continuación de la anterior.
Nunca recuperó el conocimiento. Tenía treinta y
ocho años.
POR QUÉ PHINEAS GAGE?
¿Por qué vale la pena contar esta triste historia?
¿Cuál es el posible significado de este extraño
relato? La respuesta es sencilla. Mientras que
otros casos de lesión neurológica que tuvieron
lugar aproximadamente por la misma época
revelaron que el cerebro era la base del
lenguaje, la percepción y la función motriz, y en
general proporcionaron más detalles
concluyentes, la historia de Gage daba a
entender un hecho sorprendente: de algún
modo había sistemas en el cerebro humano
dedicados más al razonamiento que a cualquier
otra cosa, y en particular a las dimensiones
personales y sociales del razonamiento. La
práctica de convenciones sociales y normas
éticas adquiridas previamente podía perderse
como resultado de una lesión cerebral, aun
cuando ni en intelecto básico ni el lenguaje
parecían hallarse comprometidos.
Inadvertidamente, el ejemplo de Gage indicaba
que algo en el cerebro concernía
específicamente a propiedades humanas
únicas, entre ellas la capacidad de anticipar el
futuro y de planear en consecuencia dentro de
un ambiente social complejo; el sentido de
responsabilidad hacia uno mismo y hacia los
demás; y la capacidad de orquestar
deliberadamente la propia superviviencia, y el
control del libre albedrío de uno mismo.
El aspecto más chocante de este desagradable
relato es la discrepancia entre la estructura
normal de la personalidad que precedió al
accidente y los inicuos rasgos de personalidad
que salieron a la superficie después, y que
perduraron durante el resto de la vida de Gage.
Cuando los Phineas Gage de este mundo
necesitan operar en la realidad, el proceso de
toma de decisiones está mínimamente influido
por el conocimiento antiguo.
Otro aspecto importante de la historia de Gage
es la discrepancia entre el carácter degenerado
y el estado intacto de varios instrumentos de la
mente: atención, percepción, memoria,
lenguaje, inteligencia. Es este tipo de
discrepancia, que en neuropsicología se conoce
como disociación, existen una o más
realizaciones dentro de un perfil general de
operaciones que están en desacuerdo con el
resto. En el caso de Gage, el carácter
deteriorado estaba disociado de la cognición y el
comportamiento, de otro modo intactos. En otros
pacientes, con lesiones en otras partes del
cerebro, el aspecto dañado puede ser el
lenguaje, mientras que el carácter y todos los
demás aspectos cognitivos permanecen
intactos; entonces la capacidad "disociada" es el
lenguaje. El estudio subsiguiente de pacientes
similares a Gage ha confirmado que su perfil de
disociación específico se da de manera
consistente.
El fisiólogo inglés David Ferrier fue uno de los
pocos que se tomó la molestia de analizar los
hallazgos con competencia y sagacidad. El
conocimiento que Ferrier tenía de otros casos
de lesiones cerebrales con cambios en el
comportamiento, así como sus propios
experimentos pioneros en la estimulación
eléctrica y la ablación de la corteza cerebral en
animales, lo habían colocado en una posición
única para apreciar los hallazgos de Harlow.
Llegó a la conclusión de que la herida perdonó
los "centros" motor y del lenguaje, que sí lesionó
la parte del cerebro que él mismo había
denominado "corteza prefrontal, y que dicha
lesión podía estar relacionada con el peculiar
cambio de personalidad de Gage, cambio al que
Ferrier se refería de manera pintoresca, como
"degradación mental".
No hay duda de que el
cambio de personalidad de
Gage estaba causado por una
lesión cerebral
circunscrita en un lugar
específico.
Pero esta explicación no sería aparente hasta
dos décadas después del accidente, y sólo
resultó vagamente aceptable en este siglo.
Existen muchos Gage
alrededor nuestro, personas
cuya caída en desgracia
social es perturbadoramente
similar.
Algunas tienen lesiones en el cerebro como
consecuencia de tumores cerebrales, o heridas
en la cabeza u otra enfermedad neurológica.
Pero otras no han tenido ninguna enfermedad
neurológica conocida y, sin embargo, se
comportan como Gage, por razones que tienen
que ver con su cerebro o con la sociedad en la
que nacieron. Necesitamos comprender la
naturaleza de estos seres humanos cuyas
acciones pueden ser destructivas para ellos y
para otros, si es que tenemos que resolver
humanamente los problemas que plantean.
Ahora podemos confirmar la afirmación de
David Ferrier de que a pesar de la cantidad de
cerebro perdido, el hierro no tocó las regiones
cerebrales necesarias para la función motriz o el
lenguaje.
Podemos afirmar con seguridad que el daño fue
más extenso en el hemisferio izquierdo que en
el derecho, y más en el sector anterior que en el
- 20 -
posterior de la región frontal en su conjunto. La
lesión afectó las cortezas prefrontales en las
superficies ventral e interior de ambos
hemisferios, al tiempo que preservó las caras
laterales, o externas de las cortezas
prefrontales.
Fue la lesión selectiva en
las cortezas prefrontales
del cerebro de Phineas Gage
lo que comprometió su
capacidad de planificar
para el futuro, de
conducirse según las reglas
sociales que previamente
había aprendido, y de
decidir sobre el plan de
acción que eventualmente
sería más ventajoso para su
supervivencia.
La investigación de pacientes con
incapacidades adquiridas recientemente de
razonamiento y toma de decisiones que se
describen condujo a la identificación de un
conjunto específico de sistemas cerebrales que
se hallaban siempre dañados en estos
pacientes. También identificó un conjunto
aparentemente extraño de procesos
neuropsicológicos que dependían de la
intregridad de dichos sistemas (13).
La corteza prefrontal es el facilitador de la
agenda humana. Y el logro de los objetivos
biológicos y sociales es el resultado de la
competencia entre demandas de los medios
interno y externo que bombardean
continuamente esa corteza. Entre esas
demandas se cuentan además de impulsos
instintivos, imperativos éticos inconscientes. El
albedrío humano es un fenómeno de la
capacidad del cerebro para escoger,
racionalmente o no, entre diversas acciones
posibles. El albedrío, o libertad para elegir entre
alternativas, depende del sistema nervioso
sobre todo de la corteza cerebral, en su
interacción con el entorno.
Prácticamente todas nuestras actividades
cotidianas presentan índices de éxito de casi el
cien por cien. No obstante, la mayoría de estas
actividades son automáticas, memorizadas,
inconscientes, y se ven reforzadas por éxitos
anteriores reiterados. En cambio, nuestras
decisiones más trascendentales, es decir, la que
determinan el futuro, casi nunca se basan en
predicciones con una probabilidad máxima de
éxito, o dicho de otro modo, con el riesgo menor
de fracaso. Son estas decisiones
trascendentales las que pertenecen claramente
al ámbito de la corteza prefrontal, como
facilitador- no ejecutivo central- del cerebro.
Por consiguiente, el ámbito de la corteza
prefrontal también engloba innumerables tipos
de actividad creativa e innovadora en todas las
esferas del desempeño humano. En la agenda
humana, el éxito y el fracaso se definen en
virtud de la consecución de objetivos
relacionados no sólo con la biología -referentes
a la salud, el placer o la ausencia de dolor-, sino
también con valores atesorados por los seres
humanos: el amor, el reconocimiento, la
confianza, el mérito, el placer estético, el elogio,
la aceptación social, etc.
Lo esencial es que nuestra
libertad para luchar por
ellos se basa en la salud y
el vigor de la corteza
prefrontal.
Es precisamente en el crisol de probabilidades e
incertidumbres del cerebro humano donde cobra
vida la libertad. La capacidad para escoger entre
posibilidades proviene literalmente de la
varianza y los grados de libertad de
innumerables variables que subyacen a la
acción humana futura. Como pasa con la
evolución, el determinismo y la causalidad
directa se disuelven en la probabilidad, y al
hacerlo, ceden ante un factor teleológico: la
finalidad, el objetivo. Es el conjunto de
recuerdos individuales y colectivos lo que
permite a la corteza prefrontal inventar el futuro
y hacerlo posible en el presente.
La fenomenología de la enfermedad mental es
uno de los mejores educadores sobre las
lamentables consecuencias de la pérdida de
libertad personal.
La corteza no es rígida ni predeterminada. Llega
al mundo con una enorme plasticidad potencial,
parte de la misma preprogramada por el
genoma, pero una buena proporción, sino casi
toda, abierta al cambio y la selección mediante
encuentros con el mundo. Cuando digo
plasticidad me refiero a la capacidad para
incrementar el número de células y las
conexiones entre las mismas. Por encima de
todo, la corteza posee una capacidad infinita
para combinar sus elementos arquitectónicos en
innumerables redes corticales que deben
representar el mundo y lidiar de diversas
maneras con el entorno, externo e interno.
Ahí reside el potencial de
nuestra corteza para
aprender del pasado y
forjar el futuro. Y ahí
reside su potencial de
libertad, que es la
nuestra(14).
Comentarios
Publicar un comentario