La inteligencia emocional es la capacidad para reconocer sentimientos propios y ajenos, y la habilidad para manejarlos. Este término se hizo popular gracias a Daniel Goleman, con su célebre libro: Emotional Intelligence, publicado en 1995.
Para comprender el gran poder de las emociones sobre la mente pensante —y la causa del frecuente conflicto existente entre los sentimientos y la razón— debemos considerar la forma en que ha evolucionado el cerebro.
La región más primitiva del cerebro es el tronco encefálico, que regula las funciones vitales básicas, como la respiración. De este cerebro primitivo emergieron los centros emocionales que, millones de años más tarde, dieron lugar al cerebro pensante: el neocórtex.
El neocórtex permite un aumento de la sutileza y la complejidad de la vida emocional, aunque no gobierna la totalidad de la vida emocional porque, en estos asuntos, delega su cometido en el sistema límbico. Esto es lo que confiere a los centros de la emoción un poder extraordinario para influir en el funcionamiento global del cerebro, incluyendo a los centros del pensamiento.
El cerebro dispone de dos sistemas de registro, uno para los hechos ordinarios y otro para los recuerdos con una intensa carga emocional.El cerebro usa un sencillo método para registrar recuerdos emocionales con mucha fuerza: los sistemas de alerta neuroquímica que preparan al organismo para luchar o huir en un momento de peligro también graban aquel momento en la memoria con intensidad.
La amígdala es el lugar más importante del cerebro al que van estas señales de alerta.
En el cambiante mundo social, uno de los inconvenientes de este sistema de alarma neuronal es que, con más frecuencia de la deseable, el mensaje de urgencia mandado por la amígdala suele ser obsoleto. La amígdala examina la experiencia presente y la compara con lo que sucedió en el pasado, utilizando un método asociativo, equiparando situaciones por el mero hecho de compartir unos pocos rasgos característicos similares, haciendo reaccionar con respuestas que fueron grabadas mucho tiempo atrás.
Nosotros estamos condicionando nuestra evolución, dando como resultado el desarrollo de una capa de pensamiento racional, al servicio de nuestro lado emocional, que nos ayuda a vivir en nuestro medio.Lo que somos hoy, es el producto de esta evolución auto-condicionada.La importancia evolutiva de ofrecer una respuesta rápida que permitiera ganar unos milisegundos críticos ante las situaciones peligrosas debió ser vital en para nuestros antepasados, pues esa configuración ha quedado impresa en nuestro cerebro. Aunque veloz, se trata también, al mismo tiempo, de una respuesta muy tosca, porque las células implicadas sólo permiten un procesamiento rápido, pero también impreciso, y estas rudimentarias confusiones emocionales —basadas en sentir antes que en pensar— son las emociones precognitivas.Cuando estamos emocionalmente perturbados, solemos decir que «no podemos pensar bien» y permite explicar por qué la tensión emocional prolongada puede obstaculizar las facultades intelectuales y dificultar nuestra capacidad de aprendizaje. Las emociones son importantes para el ejercicio de la razón. Entre el sentir y el pensar, la emoción guía nuestras decisiones, trabajando con la mente racional y capacitando —o incapacitando— al pensamiento mismo.
Del mismo modo, el cerebro pensante desempeña un papel fundamental en nuestras emociones, exceptuando aquellos momentos en los que las emociones se desbordan y el cerebro emocional asume por completo el control de la situación. En cierto modo, tenemos dos cerebros y dos clases diferentes de inteligencia: la inteligencia racional y la inteligencia emocional y nuestro funcionamiento vital está determinado por ambos.
Un ejemplo práctico sería el siguiente: Un peatón que deambule por una ciudad abarrotada de coches, optará por cruzar las avenidas por los pasos de cebra y cuando el semáforo este en verde para los peatones. Sin ser un caso de desbordamiento emocional, el miedo que siente a ser atropellado genera la necesidad de buscar alternativas seguras para cruzar la calle, usar su capa racional para interpretar los símbolos dispuestos para este propósito es la opción más segura, la razón nos proporciona el cómo.
Si tenemos en cuenta el principio de parsimonia, la navaja de Occam, la explicación más simple y suficiente es la más probable, mas no necesariamente la verdadera. En ciertas ocasiones, la opción compleja puede ser la correcta. Preferimos las simples, de acuerdo con este principio, aunque erramos, una teoría más simple pero menos correcta no debería ser preferida a una teoría más compleja pero más correcta. A veces, el miedo que sentimos a ser "atropellados", o sufrir un daño nos hace buscar la opción más segura y según este principio, la más simple. ¿ Es ésto correcto? ¿existe una parte de la realidad, otra opción que no elegimos porque "sólo vemos lo que queremos ver", lo que "se adapta a nuestras creencias predeterminadas" ? Cruzar por el paso de peatones es lo "más seguro", lo que según lo que hemos aprendido de nuestras experiencias pasadas es lo que tiene "menos riesgo". En el mundo actual, donde las circunstancias y los comportamientos humanos nada tienen que ver con los de nuestros ancestros, ¿es posible que nos equivoquemos en nuestra forma de actuar? Si hay una parte de la realidad que "no vemos" o que "no entendemos", ¿nos seguimos limitando a elegir la opción más segura para sobrevivir aunque el medio en que vivimos nada tenga que ver con aquel en que nacieron nuestras emociones y comportamientos?
Comentarios
Publicar un comentario